11 octubre, 2007

La Gaviota que Soñaba

Dejándose llevar por el peso de sus pensamientos

Se arrojó al vacío. Eterno instante.

Caía, olvidaba, no sentía.

Figuraba ser un blanco gas resplandeciente.

Recuperándose en un ágil movimiento,

Retomó la dirección, invicta.

Y se elevó sobre el inmenso mar

Que bajo ella se extendía.

Con el extremo de sus patas rozaba

Las serpenteantes olas enfurecidas

Bajo ellas otro mundo brotaba

Llena de historias, y almas caídas.

Respiraba el salado aroma

Como si de su vida dependiera,

Rogaba estar en calma

Y que nadie la detuviera.

Surcaba limpiamente el cielo

Tal bala desbandada

Inmaculada y fría como el hielo

Dio su travesía por finalizada.

Ascendió hacia el horizonte,

Observando maravillada,

Los chilenos montes,

Por la costa adornada.

Su éxtasis fue mayor

Cuando hacia el sol trepaba

Inmenso, calido y enceguecedor

En ella, todo mal espantaba.

Fue cuando la cruel verdad

La golpeó en la cara:

Ella no volaba. Con seguridad.

Sino su alma. Cual quimera.

Lejos, en un alto nido

Sobre un precipicio moraba

Un ser confundido:

La gaviota que soñaba

Abrió los ojos. Melancólica

Recordando su travesía, en su retina marcada

Recordando que volar, ella no podía

Pues era una gaviota postrada.

Alejandra González

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