Dejándose llevar por el peso de sus pensamientos
Se arrojó al vacío. Eterno instante.
Caía, olvidaba, no sentía.
Figuraba ser un blanco gas resplandeciente.
Recuperándose en un ágil movimiento,
Retomó la dirección, invicta.
Y se elevó sobre el inmenso mar
Que bajo ella se extendía.
Con el extremo de sus patas rozaba
Las serpenteantes olas enfurecidas
Bajo ellas otro mundo brotaba
Llena de historias, y almas caídas.
Respiraba el salado aroma
Como si de su vida dependiera,
Rogaba estar en calma
Y que nadie la detuviera.
Surcaba limpiamente el cielo
Tal bala desbandada
Inmaculada y fría como el hielo
Dio su travesía por finalizada.
Ascendió hacia el horizonte,
Observando maravillada,
Los chilenos montes,
Por la costa adornada.
Su éxtasis fue mayor
Cuando hacia el sol trepaba
Inmenso, calido y enceguecedor
En ella, todo mal espantaba.
Fue cuando la cruel verdad
La golpeó en la cara:
Ella no volaba. Con seguridad.
Sino su alma. Cual quimera.
Lejos, en un alto nido
Sobre un precipicio moraba
Un ser confundido:
La gaviota que soñaba
Abrió los ojos. Melancólica
Recordando su travesía, en su retina marcada
Recordando que volar, ella no podía
Pues era una gaviota postrada.


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