15 octubre, 2007

Blog Action Day

Mares y Océanos
la cuna de la vida
Aunque aquí, al parecer, nació la vida en nuestro planeta en la actualidad este medio continúa siendo en muchos aspectos un gran desconocido para nosotros, animales terrestres. Su superficie, análoga en todo el mundo, oculta una gran diversidad de paisajes submarinos, con simas y montañas, taludes, bosques de algas y desiertos de arena. Sólo en años recientes el hombre ha logrado penetrar en este mundo y contemplar con sus propios ojos las bellezas naturales que oculta. Aun así, queda todavía mucho por descubrir.

Sin embargo, la aficción creciente hacia actividades como el escafandrismo, el perfeccionamiento de los medios técnicos que permiten acceder a cualquier punto del medio marino y la creciente conciencia conservacionista, impulsan hoy las actividades divulgativas. Cualquiera que puede penetrar hoy, delante de su televisor, en los secretos más recónditos del mar, patrimonio hasta que no hace mucho de unos pocos y esforzados aventureros

Fuente |El mundo de los animales. La vida de los grandes ecosistemas Editorial OCEANO
Al océano

Qué! ¡Dé las ondas el hervor insano

Mece por fin mi lecho estremecido!

¡Otra vez en el Mar!... Dulce a mi oído

Es tu solemne música, Océano.

¡Oh! ¡Cuantas veces en ardientes sueños

Gozoso contemplaba

Tu ondulación, y de su fresca brisa

El aliento salubre respiraba!

Elemento vital de mi existencia,

De la vasta creación mística parte,

¡Salve! Felice torno a saludarte

Tras once años de ausencia.

¡Salve otra vez! A tus volubles ondas

Del triste pecho mío

Todo el anhelo y esperanza fío.

A las orillas de mi fértil patria

Tú me conducirás, donde me esperan

Del campo entre la paz y las delicias,

Fraternales caricias,

Y de una madre el suspirado seno.

¡Me oyes, benigno Mar! De fuerza lleno,

En el triste horizonte nebuloso,

Tiende sus alas aquilón fogoso,

Y las bate: la vela estremecida

Cede el impulso de su voz sonora,

Y cual flecha del arco despedida,

Corta las aguas la inflexible prora.

Salta la nave, como débil pluma,

Ante el fiero aquilón que me arrebata

Y en torno, cual rugiente catarata,

Hierven montones de espuma.

¡Espectáculo, esplendido, sublime

De rumor, de frescura y movimiento:

Mi desmayado acento

Tu misteriosa inspiración reanime!

Ya cual mágica luz brillar la siento:

Y la olvidada lira

Nuevos tonos armónicos suspira.

Pues me toma benéfico tu encanto

El don divino que el mortal adora,

Tuyas, glorioso Mar, serán ahora

Estas primicias de mi nuevo canto.

¡Augusto primogénito del Caos!

Al brillar ante Dios la luz primera,

En su cristal sereno

La reflejaba tu cerúleo seno:

Y al empezar el mundo su carrera,

Fue su primer vagido,

De tus hirvientes olas agitadas

El solemne rugido.

Cuando el fin de los tiempos se aproxime,

Y al orbe desolado

Consuma la vejez, tú, Mar sagrado,

Conservarás tu juventud sublime.

Fuertes cual hoy, sonoras y brillantes,

Llenas de vida férvida tus ondas,

Abrazarán las playas resonantes

-Ya sordas a tu voz-, tu brisa pura

Gemirá triste sobre el mundo muerto,

Y entonarás tu lúgubre concierto

El himno funeral de la Natura.

¡Divino esposo de la Madre Tierra!

Con tu abrazo fecundo,

Los ricos dones desplegó que encierra

En su seno profundo.

Sin tu sacro tesoro inagotable,

De humedad y de vida,

¿Qué fuera? –Yermo estéril, pavoroso,

De muerte y aridez sólo habitado.

Suben ligeros de tu seno undoso

Los vapores que, en nubes condensados

Y por el viento aligero llevados,

Bañan la tierra de lluvias deliciosas,

Que al moribundo rostro de Natura

Tomando la frescura,

Ciñen su frente de verdor y rosas.

¡Espejo ardiente del sublime cielo!

En ti la luna su fulgor de plata

Y la noche magnifica retrata

El esplendor glorioso de su velo.

Por ti, férvido Mar, los habitantes

De Venus, Marte, o Júpiter, admiran

Coronando con luces más brillantes

Nuestro planeta, que tus brazos ciñen,

Cuando en tu vasto y refulgente espejo

Mira el sol de su hoguera inextinguible

El áureo, puro, vívido reflejo.

¿Quién es, sagrado Mar, quién es el hombre

A cuyo pecho estúpido y mezquino

Tu majestuosa inmensidad no asombre?

Amarte y admirar fue mi destino

Desde la edad primera:

De juventud apasionada y fiera

En el ardor inquieto,

Casi fuiste mi culto noble objeto.

Hoy a tu grata vista, el mar tirano

Que me abrumaba, en dichoso olvido

Me deja respirar. Dulce a mi oído

Es tu solemne música, Océano.

José María Heredia

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