Es de noche, está lloviendo, como si no doliera, sus sombras se escapan del resplandor de la chimenea, guardan silencio, esperando, aguardando que algo suceda, cautelosos. Afuera, alguien grita, y desgarra el inestable dormir de la noche, se miran, cómplices, y comprenden. Un perro aúlla lastimeramente, reprochando el disturbio anterior, o prediciendo la muerte, por que la huelen, por eso aúllan, y la única persona que sabía, era la mujer mayor de esa habitación, su expresión mostraba expectación, miedo contenido, y una lagrima resbaló por su mejilla, acariciando el labio atrapado entre sus dientes, y solloza, tirita, los demás la miran, y no se manifiestan, sólo esperan. Afuera, los demás canes responden y apoyan a su congénere, provocando una siniestra sinfonía de muerte anunciada, despertando el tierno sueño de los hijos únicos, que, acompañados de suaves cubiertas, vuelven a dormir, al contrario de aquellos desafortunados y mas fuertes que, de su misma edad, rondan la noche en busca de un refugio, donde pasar esa noche, para sobrevivir. En la habitación, todos estaban en silencio, esperando, cambiando miradas cómplices, hasta que el estridente sonido del teléfono, llenó la habitación, perturbándolo todo, nadie se paró, nadie respiraba, el sonido del teléfono lo gobernaba todo, sonó por mas de un minuto, hasta que la tensión fue máxima, y un hombre alto y delgado, cuyas facciones aumentaban a la luz del fuego, se paró y fue a contestar, levantó el auricular y emitió un sonido gutural, y esperó. Del otro lado, una fría y gélida voz masculina dijo: - Está todo listo. Los espero donde acordamos. No olviden nada.- Y silencio. El hombre alto esperó y asintió de forma estúpida mientras colgaba, el resto estaba callados, expectantes, hasta que aquel hombre alto dijo: - Ya es hora, vamos al cementerio. Tú, apuntó a la mujer, saca el cuerpo donde pueda verlo. La mujer parecía aterrada, incapaz de moverse, hasta que se levantó lentamente y fue a un rincón donde había una gran bolsa negra de forma alargada, la miró y la tomo de un extremo durativa, comenzó a tirarla lastimeramente hacia el centro de la habitación, tiritando, sollozando, hipando, hasta que llegó, soltó la bolsa con asco y rabia, y se volvió a su asiento a llorar, destruida.
{Olvidaré la cara de mi madre, cuado me dijo sollozando que temia la vida de mi padre, ya que el perro estaba aúllando}
Fotografía: Pasillo del Hospital de Pucon, una mujer caminando, y una religiosa sentada, esperando.


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